Las escaleras

Aquel día de lluvia, la primera importante en lo que llevaba de invierno, Xoan terminó de comer y se vestió con su nautica habitual. Cogio las llaves de su moto y sin mirar atrás por si se había olvidado algo, cerró la puerta de su casa.

Xoan empezó a bajar por las escaleras, ya que no había ascensor, con el ritmo melódico que acostumbraba desde que era pequeño, cuando tuvo que parar con un movimiento brusco para no caer encima de un vecino que subía.
– ¡Disculpe!- Le dijo Xoan.

El vecino, completamente empapado, subía cubierto con una gabardina y un sombrero oscuros debido a la lluvia, y pasó sin inmutarse por al lado de Xoan obligándole a echarse a un lado para no tropezar con él.
– Pues sí que tiene prisa.. -Pensó para él.

Ya perdido su ritmo de bajada, Xoan reanudó la marcha bajando escalera a escalera. Cuando pasó por una de las puertas, se fijó: “4º Piso
– Bueno, ya queda poco.

Se volvió a meter otra vez por las escaleras, cuando en un susto igual que el sufrido apenas un minuto antes, se volvió a cruzar con otro vecino acelerado, que otra vez le obligó a echarse a un lado.
– ¡Perdone eh!- Le gritó Xoan girando la vista hacia atrás, donde el vecino ya desaparecía entre las escaleras.
– Me gustaría saber quién era, no sé qué le pasa a todo el mundo que decide ir con sombreros…

Ahora ya acelerado, para recuperar el tiempo perdido, Xoan bajó las escaleras de dos en dos cuando al pasar del siguiente piso, otro vecino le echó a un lado al pasar a su lado.
– ¿Pero qué está pasando? ¿es que no queda educación en este edificio?- Xoan miró hacia atrás rápidamente y pudo ver como aquella persona se tapaba bajo un sombrero y la gabardina. Exactamente igual que las otras dos anteriores.
– ¿Qué sucede aquí? – Se preguntó Xoan.

Bajó corriendo al siguiente pisó y miró el letrero: “4º piso“. La cara de Xoan se tornó pálida.
– Creo que tengo que ir al oculista. – Murmuró para sí.

Reanudó su marcha de descenso por las escaleras, ya con cierta desconfianza, cuando en el mismo punto que las dos veces anteriores, una persona en gabardina y con el sombrero tapándose el rostro volvió a subir pasando al lado de Xoan.
– ¡Rayos!¡Menudo susto! ¿Qué diablos está sucediendo aquí?

Bajó el resto de escaleras apresuradamente para llegar hasta el descansillo y ver en el letrero: “4º piso“. Xoan, boquiabierto y paliducho, volvió a descender otro piso más ya arrimado a la pared, viviendo la misma escena que en anteriores ocasiones: la misma persona con gabardina y sombrero subiendo las escaleras.
Siguió descendiendo sin pausa y sólo de reojó volvió a ver: “4º piso“, pero esta vez las cosas serían diferentes. Se apostilló en las escaleras tapando el camino accesible pero el hombre misterioso chocó frontalmente con él echándolo a un lado.
Descendió otra vez. “4º piso“. Cuando defrente se lo encontró, le intentó agarrar el brazo en un movimiento inútil pues la fuerza con la que ascendía las escaleras ese hombre, requería un mayor músculo que el que Xoan poseía.

Desesperado, cambio el sentido de su marcha. Ascendió detrás del hombre gabardina pero lo perdió, otra vez, en el “4º piso“.

Con lágrimas en sus ojos, volvió a descender y una y otra vez se cruzaba con el hombre de la gabardina y el sombrero. Una y otra vez, bajaba del “4º piso“.

Cuenta la leyenda, que aun hoy en día pueden sentirse las almas de dos personas atrapadas en el tiempo, una subiendo y la otra bajando, en las escaleras de un 4º piso de algún edificio. ¿Será el tuyo?

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Mamá

Mi madre está enferma y no encuentro su cura,
mi madre tiene miedo y no se quiere ir.
Acostada en su cama llora por sus hijos,
que verán como sufre por querer sobrevivir.

Mi madre me acaricia, me seca mis lágrimas,
me dice “hijo no llores” entre sus sollozos.
Pongo mi cara en su pecho, “mamá no te vayas”
sin tí estaremos solos.

Mi madre está enferma; mi padre no está en casa,
desesperado busca un médico valiente,
sin encontrarlo regresa y llora él también,
los ángeles se la llevan, ahora ya descansa.

Mi madre ya no está, estamos todos solos,
sin nadie que nos riña, que nos mime
ni nos seque las lágrimas,
nadie será como ella, nadie que nos cuide.

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La ventana

Las cinco de la mañana. Xoan no podía dormir. Desde hace un tiempo el insomnio se había apoderado de su cuerpo. Ahora se pasaba las noches mirando por la ventana de aquel hotel en el que estaba alojado desde hace ya tanto tiempo… que ni lo recuerda.

Las vistas daban a la ciudad, la Gran Vïa vista por la noche era un libro abierto de historias; coches que venía de nosesabedonde hacia quiensabeadonde. Gente que camina por las aceras con la mirada fija al suelo, temiendo lastimarse si mira al frente. Taxistas que dejan a prostitutas en sus lugares de trabajo…

Y en el cielo, impasible, la luna vigilando que todo siguiera su transcurso y nadie se saliera del papel que tenía asignado.

Xoan seguía observando a través de la ventana, mientras terminaba con la vida de su último cigarro, que una chica estaba sentada en uno de los bancos de la calle. Iba bien vestida, no era una prostituta. Joven, no muy alta y con el pelo suelto. Se preguntó qué hacía una mujer como ella a esas horas en la calle. Ahí quieta, como esperando por alguien pero sin impacientarse porque nunca llegaría. ¿Qué hacía allí? ¿Cuánto tiempo llevaba ahí sentada? Xoan empezó a ponerse nervioso por culpa de aquella chica. Su obsesión por conocer los motivos por los que estaba ahí le estaba haciendo sudar y temblar. ¿Cómo se llamaría? ¿Cómo sería su voz?

Carraspeó su garganta desgarrada mientras apagaba el cigarro y decidió bajar a la calle para saciar su sed de preguntas. Llegó exhausto a la entrada del Hotel y buscó con la mirada la complicidad de aquella mujer, pero había llegado tarde. La soledad de la calle sólo contaba con la compañía de la anaranjada luz de las farolas. Buscó por las esquinas pero nada encontró. Se sentó en el mismo banco en que la había visto y miró hacia el cielo buscando la luna.
– ¡Tú sabes a dónde se ha ido! ¡Dímelo maldita! – Le gritó lo más alto que pudo.

Desesperado, volvió a su habitación. Ahora comprendía el porqué de su imsomnio. Antes, para poder conocerla. Ahora, para pensar en ella.

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El trotamundos

Él decía de sí mismo que había nacido en la carretera. En un cruce de caminos donde eligió el que más largo le parecía. Siempre hacía eso cuando llegaba a un cruce.

De chaval se ganaba la vida trabajando en las estaciones de servicio y en las gasolineras. Antes no era como ahora, donde todos coches viajan en largas distancias a través de autopistas y autovías, los verdaderos viajeros lo hacían a través de carreteras nacionales, donde no llegan los mapas ni los gps.

Su vida fue así hasta que llegó a la Capital. Esa gran ciudad llena de rascacielos y la población de vagabundos y trotamundos era bastante considerable, ya que la riqueza en la ciudad estaba repartida entre la gente de los altos edificios.

Para él era todo nuevo allí, eso era igual que cualquier persona, independientemente de su clase social, todos sufrían al llegar a aquella ciudad donde nadie conoce a nadie.

Se ganaba la vida trabajando como barrendero para algún restaurante donde le daban en una bolsa las sobras o la comida que había caído al suelo. Él estaba preparado para hacer cualquier trabajo que una persona “bien” no era capaz de realizar.

Vivía en un callejón oscuro, tan oscuro que sus escasas pertenencias y su propio cuerpo al dormir, se hacían completamente invisibles para los demás.

Esta es la vida del pobre hombre, contento con él mismo y con su forma de ser, que no tiene mucho dinero pero sí muchas ganas de vivir.

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