Un descanso merecido

Mis hijas. Qué bien me lo pasé con ellas. Espero haberles enseñado muchas cosas. Las echaré de menos. Ahora mismo me dan pena. Recuerdo cuando eran un bebé y lloraban mirándome para que las cogiera en el regazo. Las echaré de menos. Sobre todo el sonido de sus risas. Y a mi esposa. Nunca olvidaré su sonrisa. Espero que no deje que las niñas se olviden de mi. También echaré de menos a mis padres. Seguro que ellos a mi también. Me han dado una buena vida, no tienen de qué preocuparse. Estoy cansado. Me duele. Será mejor que cierre los ojos y descanse.

 

Un accidente de tráfico ocurrido ayer en la calle principal entre una motocicleta y un coche se saldó con un fallecido. El conductor de la motocicleta, casado y padre de dos hijas, recibió un impacto lateral del vehículo, que se saltó un semáforo en rojo. El impacto fue muy rápido y sin tiempo para que el conductor de la moto reaccionase, falleciendo prácticamente al instante.

La presa del pánico

Despertó bañado en sudor. Sobresaltado. Miró a su alrededor y solo vio oscuridad. Asustado, intentó ponerse de pie pero no fue capaz. Algo le impedía levantarse. Intentó girar sobre si mismo pero su cuerpo no reaccionaba. Presa del pánico, empezó a gritar. Pronto a los gritos les siguieron los llantos. Lloró asustado con toda su fuerza. Volvió a intentar girar su cuerpo para buscar alguna salida, pero no la encontró. Solo pudo quedarse quieto y gritar con todas sus fuerzas.

Una puerta se abrió y de entre la oscuridad surgió una figura humana. No fue capaz de reconocerla pero era su única esperanza para sobrevivir. Aún así, estaba tan asustado que no pudo dejar de gritar hasta que el humano se acercó a él. Era mucho más alto y mucho más fuerte. Tanto, que lo cogió por la cintura y lo levantó en el aire sin apenas esfuerzo. Él se dejó llevar, aun paralizado por el miedo. El gigante desconocido lo acercó a si mismo. Apretándolo contra su propio pecho. Allí, inmovilizado por el miedo, vio su rostro desde cerca y pudo reconocerlo. Volvió a la calma. Sabía quien era. Dejó de llorar y de gritar y empezó a sentirse seguro. Entonces, dijo su primera palabra:

– Papá.

El visitante

El chico miró la fuente. Estaba, como siempre, llena de agua. De echo nunca dejó de estarlo durante los últimos veinticinco años. Estaba tan hipnotizado con el baile del agua que no se dio cuenta cuando ella apareció a sus espaldas hasta que le dio un abrazo por la cintura. Él se sobresaltó pero enseguida  dejó que su cuerpo se llevase por el baile de los brazos que le rodeaban. Se sintió inmovilizado en el calor de unas manos cuya suavidad era única y por lo tanto personal y reconocible al primer roce.

– Qué bien que estés aquí. – Dijo ya con los ojos cerrados.
– Siempre te estuve observando. – Le susurró ella al oído apoyando el mentón en su hombro.
– Entonces, ¿ya no te volverás a ir?

Abrió los ojos y vio que el abrazo ya no estaba. Al girar se descubrió otra vez solo. Volvió a mirar la fuente que seguía incansable haciendo bailar el agua en el aire. La buscó con la vista durante unos eternos segundos hasta que comprendió que ya se había marchado.

Al pasar la fuente, debajo de un cerezo, encontró su tumba y dejó descansar un ramo de flores.

– Seguiré viniendo a verte. Otros veinticinco años.

Su primer último beso

Recordó cuando se dieron su primer beso. Era una tarde primavera, calurosa, con el parque lleno de flores. Ella estaba tan guapa aquel día… Todo había sido perfecto. No le gustaría volver a vivirlo porque seguramente no lo hubiese podido hacer más perfecto.

Ahora la vio acostada. Con los ojos cerrados. Le cogió sus manos frías y le dio su último beso para despedirse para siempre.

La persecución

Caminó con los ojos abiertos, aunque daría igual que los tuviese cerrados ya que la oscuridad era absoluta. No era que sus ojos no se acostumbrasen a la falta de luz, es que la total ausencia de algo que pudiese emitir un solo reflejo hacía inútil la vista.
Dicen que la ausencia de un sentido potencia los demás. No dejaba de repetirse esa frase. Sin embargo era incapaz de escuchar un solo sonido más allá de el de sus propios pasos. Ya no sabía cuanto tiempo llevaba caminando. Siempre en línea recta (o eso pensaba) sin absolutamente ningún obstáculo.

– La vista tampoco me sería muy útil si no hay nada con lo que me pueda tropezar o algo que pudiese coger.- Dijo en alto, sin escuchar ningún tipo de eco.

Fue entonces cuando, más de media hora después de empezar a caminar, cuando se tropezó con algo en el suelo. No se hizo daño porque era blando, pero se detuvo con cautela. Alzó la palma de la mano al frente para notar una pared pero lo que sintió también era blando. Y además, cálido. Era otra mano. Primero se asustó. Sin hacer mucho ruido. Después volvió a poner la mano y volvió a sentir otra vez que la otra mano también se acercaba a ella hasta tocarse.

– ¿Hola? ¿Quién eres?

No obtuvo respuesta. Retrocedió unos pasos, puso su mano por delante del cuerpo y volvió a la posición del choque.. y volvió a chocar. Usó entonces su mano izquierda y la ubicó y un poco más abajo que la derecha. Se encontró con la mano izquierda de quienquiera que estuviera delante suya.

Eran unas manos frías, suaves.. pero blandas y sin pasión. Quiso agarrar con su mano derecha la mano izquierda de su acompañante pero no pudo. No se dejó.

Y sin esperarlo, un gran agujero se hizo en el suelo. Justo bajo donde ella estaba. Y desde la oscuridad cayó, a oscuras, a un lugar donde había una luz tan brillante que no le dejaba abrir los ojos para ver.

Como querer mirar al Sol

 Aquella noche la Luna salió sola.

– ¿Dónde están todos? – Le preguntó al Sol.
– Se han ido a buscar a una estrella.
– ¿Por qué? Te tenían a ti.
– No me quieren. Quieren una estrella a la que puedan mirar.
– No te preocupes, volverán. No pueden vivir sin ti.

A la mañana siguiente, cuando amaneció, todos estaban de vuelta. Todo el mundo hizo como si nada hubiese pasado. Y el Sol volvió a brillar.

Aunque no era la primera vez que lo hacía en esta ocasión había algo que no le gustaba del todo. Simplemente algo no cuadraba. A su lado una persona desconocida mantenía los ojos cerrados. Entonces entró en pánico. El miedo le invadió desde el interior.

 Se levantó de cama, se vistió y se marchó a su casa.

La oscuridad era total. Sin embargo lograron encontrarse a la primera. Sus dedos se entrelazaron para formar una sola mano. Caliente, cercana. Desde ahí no le fue difícil llegar a tocar su cara.
– Aquí estás. – Le dijo.
– Nunca me fui.
Se dieron un beso de los que dicen te quiero. Era increíble estar con ella. La había echado tanto de menos.. 
– Señor Martinez, es su turno venga por aquí.
– María, espérame aquí. Volveré pronto.- Se puso en pie y acompañó a la enfermera.
– Tenga ciudado, aquí hay un escalón. Muy bien.. agárreme bien el brazo. Ahora vamos a ir recto y enseguida giramos por aquí a la derecha… Muy bien. Tranquilo, yo le aviso si hay algo para que no tropiece.

María nunca supo a donde había ido con aquella enfermera. La verdad es que nunca más lo volvió a ver. O quizás si pero simplemente estaba demasiado mayor como para acordarse de su cara.

10 años después

Ella salía de su trabajo a la hora de siempre pero cuando ya estaba cerrando la puerta se dio cuenta de que su teléfono móvil aun estaba encima del mostrador. Perdió unos segundos en recuperarlo y cuando volvió a salir se encontró de frente con él. Aquel chico que había sido su primer amor hace ahora 10 años.  Estaba visiblemente más mayor. Menos pelo, más ojeras. Pero la misma cara dulce que la enamoró cuando era un niña. Él fue más rápido en volver en sí mismo.

– Hola. Cuánto tiempo.- Dijo poniendo aquella sonrisa de medio lado que tanto le gustaba.
– Hola, pues si.- Ella bajó su mirada al suelo por vergüenza.
– Así que sigues trabajando aquí, es genial. ¿Quieres tomar algo ahora y nos ponemos al día?
– No, lo siento, no puedo. Me están esperando.
– De acuerdo, no hay problema. Me alegro de verte, cuidate.- Él llevaba el discurso preparado pero parecía claro que su plan no había salido como pensaba.
– Yo también me alegro… Adiós.

Él no se movió de su sitio. Ella se dio la vuelta y empezó a caminar. Cuando ya llevaba unos metros le escuchó llamarla.

– ¡Espera!

Ella se dio la vuelta y le miró aun sin responderle.

– Siento… Lo de aquellos años… No me porté bien. Lo siento, de veras.

Ella guardó esas palabras en su cabeza, en una caja fuerte bien cerrada para que nunca más volvieran a salir de su mente.

– No te preocupes, no tienes nada que sentir.